La gran estafa sexual - parte II

Un macho de abeja del género Andrena vuela explorando ese nuevo mundo que tiene ante sus ojos tras pasar todo el invierno en estado de pupa. Como si de una fecha marcada en un calendario se tratase todos los machos de la especie terminarán su transformación al estado adulto y empezarán a volar en el margen de unos pocos días con un único objetivo en mente: buscar hembras con las que aparearse y transmitir sus genes. Nadie les ha enseñado cómo son las hembras de su especie, ni siquiera han visto una, pero ya lo saben perfectamente. Todo su sistema sensorial está programado para detectar y perseguir cualquier indicio que conduzca hacia un posible encuentro con una hembra. Pueden detectar sus feromonas, iridiscencias, colores y formas e incluso saben sobre qué flores suelen posarse para alimentarse. Los quimioreceptores de sus antenas detectan las feromonas de una hembra. Basta seguir ese dulce aroma para encontrarla... y ahí está, posada sobre una flor. Huele como una hembra, brilla como una hembra y hasta las iridiscencias de sus alas coinciden con las de las hembras.
Todo está perfectamente orquestado, no hay fallo posible...
¿No?

Los espectaculares y cuidados diseños de estas flores son capaces de engañar a los machos de varias especies de himenópteros y dípteros que las confunden con hembras de su propia especie. Ophrys speculum en Tejares (Segovia)



Cuesta creer todo este complejo y aparentemente infalible sistema de detección haya sido manipulado y vuelto en su favor por algo tan "simple" como una planta. Pero estas plantas son de todo menos simples. En una entrada anterior (que recomiendo leer antes de esta) vimos cómo las orquídeas del género Ophrys han desarrollado formas, aromas y colores de lo más original imitando a las hembras de diferentes especies de insectos con el único fin de engañar a los machos, que durante un intento de cópula tan infructuoso como frustrante, cargarán con los polinios fuertemente adheridos a su cuerpo hasta el siguiente señuelo que consiga engañarles. Son así los responsables forzosos de la polinización de estas plantas tan peculiares.

Pero en las distancias cortas es donde un buen señuelo se la juega, y la gran estafa sexual va más allá de lo visual y lo olfativo. Una vez ha aterrizado en el labelo la víctima podría percatarse de que no se encuentra ante una hembra auténtica y abandonar su intento de apareamiento interrumpiendo la polinización. Para evitarlo el labelo cuenta con unas células en su epidermis que adoptan multitud de formas y texturas para terminar de engañar al inocente macho. Junto a las típicas ceras protectoras, dichas células secretan una serie de compuestos de superficie no volátiles idénticos a los de la cutícula de las hembras. Éstos estimularán las antenas del macho haciéndole creer que se encuentra en contacto con una hembra auténtica, convenciéndole de seguir adelante en su intento de cópula. Sin perder un instante empezará a buscar la posición adecuada para encajar su genitalia con la de la hembra.

El labelo de algunas especies como Ophrys insectifera (izquierda) y Ophrys subinsectifera (derecha) ha adoptado formas sorprendentemente parecidas a cuerpos de insectos. Los tonos azulados del espejuelo simulan el brillo de las alas, los atrofiados pétalos superiores recuerdan a un par de antenas en cuya base se intuyen incluso dos falsos ojos. Los sépalos verdes recrean una pequeña flor sobre la que estaría posado el insecto convirtiendo el señuelo en algo prácticamente infalible. Biescas (Huesca).

Este es el momento más delicado en la polinización de estas asombrosas plantas: el macho está sobre el labelo intentando copular pero ¿en qué posición de coloca? Lejos de ser trivial, la orientación que tome el polinizador al intentar la cópula será determinante para que los polinios se adhieran en el lugar adecuado de su cuerpo y sean depositados correctamente en la cavidad estigmática de la siguiente flor. Una ligera diferencia puede hacer que las masas de polen no encajen en el estigma pegajoso de la siguiente flor, o que lo hagan en el de una flor de otra especie echándose a perder. Pero el diseño del señuelo tiene en cuenta incluso este nivel de detalle.
El labelo dispone de multitud de tricomas (pelos producidos por la elongación de las células epidérmicas), que simulan la pilosidad típica de las hembras auténticas. La distribución de dichos tricomas y su orientación sirven como guía táctil al macho, indicándole cómo debe posicionarse. Algunas especies de Ophrys cuentan incluso con una región carnosa en el extremo apical del labelo que incita al macho a copular por esa zona. De esta forma, la orquídea se asegura la correcta colocación de los polinios.

Los tricomas presentes en los labelos de algunas especies como Ophrys speculum sirven de estímulo y guían al macho para que éste se oriente de la misma forma en todas las flores de la especie que visite. Así los polinios se adhieren en la parte correcta del cuerpo para que la polinización sea efectiva. Tejares (Segovia).

Tan crucial es este aspecto que, a lo largo de la historia evolutiva del género Ophrys, la orientación del macho durante la pseudocópula ha supuesto una barrera de aislamiento reproductivo. Por esto podemos distinguir sus especies en dos secciones que han divergido en función de la parte del cuerpo del macho en la que se adhieren los polinios. Así dos especies pueden producir el mismo juego de feromonas y atraer a los mismos polinizadores pero a la vez evitar la polinización interespecífica haciendo que éste se coloque de uno u otro lado. En la sección Ophrys los tricomas del labelo hacen que el macho se coloque con la cabeza hacia los polinios, en lo que se conoce como polinización cefálica, mientras que en la sección Pseudophrys ocurre la polinización abdominal, pues es el abdomen del insecto el que recibirá los polinios.

Cada uno de los dos polinios de una flor de Ophrys cuenta con una masa polínica, un filamento o caudícula y una región muy pegajosa en la base llamada viscidio como se ve en esta imagen. Mientras no sea visitada por ningún polinizador, la flor mantendrá la frescura y la capacidad adhesiva de los viscidios protegiéndolos con una caperuza conocida como bursícula, que los conservará en condiciones óptimas y que será retirada por el polinizador durante la pseudocópula. Una vez expuestos y al contacto con la cutícula del polinizador, los viscidios se pegan y endurecen al contacto con el aire haciendo imposible para la víctima deshacerse de su carga. El insecto, frustrado y desconcertado, se retira de la flor.
Tras unos minutos fuera de la flor, las caudículas de los polinios se curvan adoptando el ángulo perfecto para que, cuando el macho sea engañado de nuevo, las masas de polen entren en contacto con el estigma de la siguiente flor. El tiempo que tardan en curvarse dificulta que los polinios contacten con el estigma de su propia flor de origen.

La primera vez que un insecto visita una flor retira la bursícula que mantenía cubiertos los viscidios pegajosos. Ahora expuestos, éstos se adhieren fuertemente a su cuerpo y en unos minutos las caudículas se curvan para encajar en el estigma de la siguiente flor. Ophrys sphegodes en Tejares (Segovia).

No pasará mucho tiempo antes de que un aroma similar llame la atención del inocente macho que, lejos de haber aprendido la lección, volverá a caer en la treta tendida por una nueva flor cuyo cóctel de feromonas presentará ligerísimas variaciones respecto a la anterior. Estas pequeñas diferencias aromáticas conocidas como "mimetismo floral imperfecto" lejos de suponer un error son parte fundamental de la estrategia. Después de todo, para completar la polinización un macho debe ser engañado al menos por dos flores diferentes de la misma especie. Si todas las flores de dicha especie presentasen exactamente el mismo aroma la víctima podría asociar el aroma de la primera flor con el fracaso en la cópula, rehusando así a visitar una segunda flor.
Una vez repetido el engaño con la nueva flor, los convulsos movimientos del macho harán que los polinios que aún lleva adheridos contacten con el estigma de ésta y parte del polen quede impregnado en el líquido estigmático, terminando con éxito la polinización y dando comienzo a la fecundación.


El cóctel de feromonas atrayentes de las Ophrys tiene ligeras variaciones incluso entre flores de la misma especie. De esta forma el macho de insecto no es capaz de atribuir un olor concreto a las falsas hembras o asociarlo con la frustración en la cópula y es muy probable que vuelva a visitar una o varias flores más a lo largo de su vida. En la foto Ophrys lutea en Tejares (Segovia).

Casos como el de la polinización de las Ophrys nos recuerdan cómo en la lucha por la supervivencia la especialización puede ser un camino muy exitoso, aunque a la vez muy comprometido. Algunas especies son fecundadas por una sola especie de insecto, de modo que la orquídea elimina toda rivalidad frente a otras flores. Pero, si por cualquier factor ambiental este insecto desapareciese de un territorio, la orquídea estaría condenada a desaparecer con él.
También conviene tener en cuenta, y esto es algo largamente debatido por la comunidad científica, que esta es una relación en la que los insectos no obtienen ningún tipo de beneficio sino más bien todo lo contrario. Dedican su escaso tiempo de vida adulta y un gran esfuerzo a asegurar la reproducción de las orquídeas contra su voluntad y sin recibir absolutamente nada a cambio. Sin una gota de néctar que llevarse a la boca ni una pizca de polen a su alcance, esta interacción se asemeja más a la esclavitud que a cualquier tipo de simbiosis. Entonces ¿por qué la selección natural no ha hecho desaparecer a estos polinizadores que malgastan su tiempo y esfuerzo en detrimento de sus propias posibilidades de apareamiento? El mundo de la polinización de las orquídeas parece no dejar nunca de sorprendernos. El mismísimo Darwin (y parte de su familia) les dedicó a estas plantas buena parte de sus estudios, y aún a día de hoy seguimos descifrando toda la maquinaria que subyace a esta gran estafa sexual.

Y de propina...
La estrategia de las Ophrys es sin duda alguna una maravilla de la evolución, pero no son las únicas orquídeas que han desarrollado métodos tan ingeniosos para asegurar su polinización. Las flores del género Catasetum poseen unos gatillos que ante el mínimo contacto provocan la propulsión de los polinios, que son literalmente lanzados al cuerpo del polinizador, que no tiene capacidad de reacción. En este vídeo se muestra el mecanismo a cámara lenta.




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